EL DUELO INFANTIL: ACOMPAÑAR A NIÑOS QUE HAN PERDIDO A ALGUIEN

Duelo infantil y acompañamiento ante la pérdida de un ser querido

El duelo infantil no es una versión pequeña del duelo adulto. Es un proceso con sus propios códigos, sus propias formas de expresión y, sobre todo, sus propios tiempos. A menudo, los adultos creen que los niños “no se enteran”, que “no sufren igual” o que “es mejor no decirles nada”. Sin embargo, la experiencia clínica demuestra todo lo contrario: los niños perciben, sienten y elaboran el duelo, aunque no siempre lo hagan con palabras.

Un niño que ha perdido a alguien significativo puede mostrarse inquieto, agresivo, silencioso o incluso aparentemente indiferente. Puede jugar a “la muerte”, repetir preguntas una y otra vez, o tener sueños confusos. Todo eso forma parte de su modo de elaborar lo inaceptable. A través del juego, el dibujo y el cuerpo, los niños dan forma a una realidad emocional para la cual aún no tienen palabras suficientes.

Entender el duelo desde su mundo

El punto de partida no es “¿cómo se lo explico?”, sino “¿cómo lo acompaño en lo que ya está sintiendo?”. A veces, el niño no necesita más explicaciones, sino disponibilidad emocional. Presencia tranquila. Espacio para preguntar o no preguntar. Estar cerca sin presionar, sin interrogar, sin esperar una reacción “lógica”.

La comprensión de la muerte evoluciona con la edad:

  • Antes de los 5 años, la muerte se percibe como algo reversible. No es raro que pregunten si el fallecido volverá mañana o si “podemos ir a buscarlo”.
  • Entre los 6 y los 9 años, pueden comenzar a entender la irreversibilidad, pero mantienen pensamientos mágicos: “¿Y si le llevamos un pastel al cielo?” o “quizás se fue porque me enfadé con él”.
  • A partir de los 10 años, su comprensión se asemeja más a la del adulto, pero con menos recursos simbólicos y emocionales para sostener el impacto.

Acompañar sin invadir

Acompañar a un niño en duelo no implica forzarlo a hablar. Significa estar disponible sin presión. Permitir que sus emociones se expresen en dibujos, juegos, cuentos o silencios. No minimizar, no distraer, no ocultar. Nombrar con claridad: “Murió”, “No va a volver”, “Estamos tristes porque lo queríamos mucho”.

Una niña de 6 años que perdió a su abuela no quería hablar de ella, pero cada tarde ponía sus muñecas en fila y las hacía despedirse de una figura de plastilina. Era su manera de procesar. Cuando la madre lo comprendió, dejó de intentar que hablara “como los adultos” y se sentó simplemente a jugar con ella.

Ritualizar el recuerdo

Los rituales ayudan a los niños a simbolizar la ausencia y dar continuidad al vínculo. Dibujar, plantar una flor, mirar fotos juntos o encender una vela pueden ser actos simples pero profundamente sanadores. Permiten que el niño entienda que no ha perdido todo, que puede seguir sintiendo el amor de esa persona, aunque de otro modo.

Los profesionales podemos sugerir ritos personalizados: una carta a quien se fue, una caja de tesoros con objetos significativos, una canción para recordarlo. Lo importante no es el acto en sí, sino que sea elegido y sentido por el propio niño.

El rol del adulto

Acompañar no es solo escuchar. Es también sostener con el cuerpo, con la mirada, con la paciencia. Es responder las mismas preguntas muchas veces, sin perder la ternura. Es admitir que no todo se puede explicar, pero que siempre se puede estar.

Decir la verdad, aunque duela, da seguridad. Lo que daña no es el contenido de la noticia, sino la soledad emocional en la que a veces se la deja.

Acompañar un duelo infantil es un ejercicio de humildad y empatía. No se trata de llenar de palabras el vacío, sino de no dejar solo al niño mientras lo habita.

Bibliografía y recursos recomendados

  • Gamba, M. (2017). Cómo explicar la muerte a los niños. Desclée de Brouwer.
  • Worden, J. W. (2004). Children and Grief: When a Parent Dies. Guilford Press.
  • Allan Wolfelt, A. (2001). Healing the Bereaved Child: Grief Gardening, Growth Through Grief and Other Touchstones for Caregivers.
  • Zuazo, A. & González, J. (2023). La comunicación esencial con el paciente.
  • Lobo, L. (2005). La muerte explicada a mi hija. Ariel.

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